sábado, 4 de octubre de 2008

Después de ver la película EL ARCO


Después de ver la película EL ARCO


Muchas cosas pasaron por mi mente viendo esas diáfanas imágenes, artísticas y bellas, de la película sur coreana de Kim ki-duk, El arco. En realidad este es el relato de lo que gatilló en mí al verla, más que una crítica sobre la película misma.
Fui presa de dóciles contradicciones, por un lado, mi lado crítico, ver cómo una niña es secuestrada por un hombre mayor que solo quiere consumar con ella la posesión física. Por otro lado el lirismo de las imágenes y cómo ver una relación tan desigual, entre un hombre cercano a los setenta y una niña de apenas dieciocho, puede tener cierto encanto poético. Me interesa esta película como una tensión entre una mirada feminista que condenaría todo intento de consumación carnal entre un captor y su cautiva y por otro lado la complejidad de la propia vida en la que irrumpen las pasiones sin pedirnos permiso.
Me gusta el cine oriental porque, sin tener yo mayores pretensiones de análisis, me conecta con fuertes sentimientos, por no llamarlos pasiones. Son afectos intensos, pienso en
Con ánimo de amar, El rey de las máscaras, y en alguna medida Primavera, verano, otoño, invierno… y de nuevo primavera, películas en las que los afectos son primer plano de todo acontecer. Pero no quiero abarcar demasiado y me concentraré solo en la película El arco.
Después de que saliera a la luz aquella situación de una mujer (
Natascha Kampusch) secuestrada durante ocho años por un hombre en Austria y que el llamado Síndrome de Estocolmo se instalara en nuestro sentido común, he podido comprobar empíricamente como muchas mujeres no estamos ajenas a esta captura de nuestro ser, aunque puede que no de modo tan extremo. Me interesa repensar, desde este modesta columna, qué mecanismos atávicos operan en una mujer para llegar a aceptar el cautiverio, el maltrato, la indolencia, el secuestro físico y afectivo de un segundo que se yergue sobre ella como el más absoluto poder. Tal vez debiera de ir un poco más allá e intentar desanclarme de esta mirada “de género” y proponer que esta relación de Síndrome de Estocolmo puede darse en el binomio poderoso-impotente en otro tipo de contextos y ámbitos.
Me interesan los mecanismo mediante los cuales el sometido renuncia a su poder y acepta sumisamente que el otro ejerza su poder sobre él. Y esto básicamente se da dentro de un contexto. Pienso, propongo aunque no creo estar descubriendo la pólvora, que es el contexto el que distribuye el poder en función de ciertas coordenadas de “habilitación” del poderoso. Es el contexto el que distribuye el poder, pero es el poderoso quien lo ejerce. En ese sentido hay una doble faz en términos de poder. Por un lado las estructuras sociales que nos posicionan en un lugar “x” a partir de nuestra funcionalidad, nuestro función productiva (aquí podemos retomar el concepto de clase, de género, de raza…) pero es la forma en que se encarna ese poder lo que termina por dibujar el cuadro del sometimiento.
Por eso es elocuente el Síndrome de Estocolmo porque las coordenadas situacionales del poder están determinadas por el contexto. Es decir la elocuencia del contexto es brutal, pero, a la vez, es el captor el que ejerce el sometimiento como SU opción, podría no ejercerlo y se rompería la situación de captura, pero lo elige y con ello condena a su víctima a la impotencia.
Pareciera que está muy claro, ha estado gracias a las vueltas de tuerca dadas por los teóricos del siglo veinte, cómo funciona el poder desde el sometimiento. Pero no pareciera estar tan claro cómo funciona el poder desde la sumisión. Vuelvo a destacar que el Síndrome apelado permite develar cómo la sumisión también debe contar con una especie de anuencia, aunque sea desde el más absoluto abandono de toda fuerza, o incluso yendo más allá, desde el más radical despojo por parte del captor de toda fuerza de la víctima, aún así, debe contar con la anulación de la potencia rebelde de la víctima.
Lo relevante es visualizar como se naturaliza este despojo de la fuerza del sometido y cómo, incluso para él/ella mismo/a, es una víctima. Por eso partí este texto con la referencia a la película El arco, porque ahí se presenta de un modo artístico y lírico la complejidad de las interacciones humanas en torno al poder. Sobretodo porque los afectos son una dimensión no abordada por los grandes relatos sobre el sometimiento. La adolescente de la película tiene una ambigua relación con su captor. Por un lado, el hombre anciano, representa su único contacto humano en medio del mar. Es el hombre que la ha criado, que la ha bañado desnuda en su incipiente desarrollo corporal. Es el hombre que la alimenta y que le da contención afectiva. Él cuenta los días para que ella cumpla la edad suficiente para poder casarse con ella y consumar en términos físicos la posesión. Podemos inventar que hasta cierto punto ella no notaba su prisión, el mundo de su cautiverio era el mundo lírico de sus juegos de niña y su complicidad con el anciano, pero, cuando ella va perdiendo la inocencia y se va sintiendo prisionera gracias a la aparición de una joven de su edad que le despierta el deseo, ella va distanciándose del viejo y esboza gestos de rebeldía. Aún así, el desenlace de la película da cuenta de la ambigüedad de los sentimientos humanos, en este caso de una niña cautiva y su captor. La resolución del conflicto, en la película, es de factura imaginativa y poética y no es, necesariamente, lo que nos convoca, sí nos interesaba proponer una lectura a las relaciones de dominación en las que elementos tradicionalmente no considerados se incorporen en el análisis de la ambigüedad y de la complejidad de las relaciones de poder.

Esta reflexión no podría haberse llevado a cabo sin la lectura de la siempre desafiante escritura de hernún: revisar el libro
En torno a la anarquía , revisar su blog actualizado constantemente.